- Los Secretos: Grupo de pop español nacido en 1980. En 1998, único superviviente de la primera hornada de lo que entonces se llamó movida madrileña. Música pop-rock de corte americano. Influencias inmediatas: Dylan, Springsteen, Jackson Browne, James Taylor o Crosby, Still, Nash & Young. Antecedente artístico justamente anterior a Álvaro Urquijo.
- Álvaro Urquijo: Guitarrista, compositor, y cantante nacido en Madrid el 22 de junio de 1962. Fundador junto a sus hermanos Enrique y Javier de Los Secretos (ver 1).
Ya está, los antecedentes ya están explicados. Dos puntos suficientes para situar al personaje. Ser tantos años uno de Los Secretos, una historia llena de canciones hermosas. En un país tan caníbal, ¿cómo se puede durar tantos años sin separarse? Y eso que el grupo tenía fama de mala fama. Conflictos internos, aireadas peleas entre hermanos...
Igual que al cine le salvan las películas, a la música le salvan las canciones. Sin un buen argumento, sin una buena historia, una película no se aguanta por muy bueno que sea el reparto. Del mismo modo, un disco no se sostiene sólo con el relumbrón del que lo ha grabado. Si no hay canciones, todo sobra. Es cuestión de empeñarse en hacerlas. Ahí está la base del disco de Álvaro. Diez canciones, una tras otra, perfectamente elaboradas. Y, lo que es más importante, inspiradas. El asunto, por muy perogrullo que parezca, no todos los artistas lo resuelven bien. Álvaro ha demostrado siempre con Los Secretos que sabía hacer canciones. Faltaba comprobar, si para él solo, con otra idiosincrasia y responsabilidad, también sabía. Se metió en su casa a ello cuando Los Secretos se dieron un respiro discográfico y de giras.
Hay que olvidarse de Los Secretos. No hay que olvidarse de Los Secretos. Hay que pensar en las canciones. En las letras tan ajustadas. Hay que saber que a Álvaro no le van los aspavientos. Le gustan las guitarras muy transparentes, la suavidad de un sonido de una steel-guitar, la simpleza de una armónica, la sencillez de una melodía y la emoción de una letra. Algo muy tonto en una época de remezclas exuberantes, de mestizajes desproporcionados, de pelos falsos amarillos. No, su primer disco en solitario no va a cambiar la historia del rock. A cambio, recupera el gusto por volver a escuchar canciones. Sin etiquetas. O si acaso, las de la emoción.